DISCURSO DEL DHC DR. BENJAMÍN FERNÁNDEZ B.

by Francisco Benitez
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 El Dortor Honoris Causa Benjamín Fernández Bogado, en ejercicio de su nuevo rol docente de la UNAE nos ofreció una conferencia magistral denominada "El Verbo y el Entusiasmo". El discurso gira en torno al poder de la lengua que "construye y crea nuevos horizontes, que hace crecer, que entusiasma, que construye comunidad y que permite entendernos y entender que el mundo en que vivimos tiene siempre una urgencia matricial e iniciática".

DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL

DOCTORADO HONORIS CAUSA DE LA UNAE


EL VERBO Y EL ENTUSIASMO

  La expresión inicial de la biblia de que en “un principio era el verbo” me ha marcado profundamente a lo largo de mi vida. El poder de la palabra que construye y que crea nuevos horizontes, que hace crecer, que entusiasma, que construye comunidad y que permite entendernos y entender el mundo que vivimos tiene siempre una urgencia matricial e iniciática. La característica distintiva de ser dueños de nuestras palabras y establecer con ellas el límite de nuestro mundo es siempre urgente en un país bilingüe como el nuestro que desea entender y entenderse a partir de un verbo conjugado en plural.

El Paraguay que nos define en dos lenguas con estructuras distintas es al mismo tiempo que una riqueza también una provocación. En la Constitución de 1992, de la que he sido parte en su redacción, le dimos el status de lengua nacional pero todavía tenemos un largo camino por recorrer para hacer del bilingüismo un verdadero capital económico y una fuerza que nos permita con mayor facilitad hablar y comprender una tercera o cuarta lengua. Todavía no hemos pasado de la admiración que supone hablar mal la lengua de una tribu que ya no existe. Nos distinguimos es cierto por la mezcla de ambas en un jopara surgido del uso que hacemos en el lenguaje coloquial y en la disputas bizantinas entre los expertos del guaraní sobre cuestiones poco trascedentes para su difusión y amor a esa lengua heredada de nuestros ancestros guaraníes. No somos bilingües más allá de la expresión de querer serlo.

La lengua también nos define en términos aspiracionales. Los modos y los tonos nos marcan y el lenguaje del cuerpo nos complementa en la autoestima que poseemos o de la que carecemos. El ñee coygua o los gestos perdidos nos marcan profundamente en cómo somos los paraguayos. En esta ciudad fronteriza a la Argentina es probable que esos modos estén aún más marcados y representen con claridad las distancias entre temores y convicciones. Somos como hablamos y de lo que hablamos.

Un joven paraguayo universitario usa diariamente no más de 200 palabras de un español de casi 300.000. Nuestro horizonte es tan limitado que muchas veces la muletilla barrial de los bajos fondos debe estar en la oración para comprender la convicción del verbo. Muchos de estos términos vienen del lunfardo porteño en el que incluso muchos de los que no viven la condición de marginales se encargan de repetirlo porque eso está de moda y queda bien.

Nada define en mejor forma la degradación de una sociedad que las palabras que utiliza para definir la vida y sus momentos. Nos hemos precarizado en esta economía de los 140 caracteres de twitter y en los mensajes tan abreviados que deben agudizar la capacidad creativa para entenderlos de verdad. Vivimos tan apocopados que la tecnología, en vez de enriquecernos, nos ha empobrecido. Hay que buscar por el contrario de estos tiempos de sobrevaloración de ellas, el diálogo que enriquece, que nutre y que permite entender al otro construyendo esa alteridad tan urgente como necesaria en el mundo de hoy. Los medios son eso... medios al servicio de fines que permitan y lleven a comprendernos mejor en este extraordinario cambio de era que nos interpela a todos desde el verbo de la creación hasta los distintos modos de su transformación.

JOVENES SORDOS Y MUDOS

Nos preocupa que no tengamos cambios generacionales intensos en el Paraguay. Que nuestros jóvenes, aun siendo mayoría, se contenten en ser manejados por una minoría vieja, ociosa y con pocas ideas para sacar al país del subdesarrollo en que se encuentra. ¿Han visto acaso revoluciones de sordo-mudos en el mundo? El carente lenguaje que construye visiones compartidas y que permite entusiasmar está ausente en nuestra relación cotidiana de jóvenes. Esta “sociedad líquida” de la que habla Bauman no nos permite consolidar nuestros valores y proyectarlos en clave política. No tendremos renovación de la clase dirigente si los largos silencios juveniles se mantienen. Lo que en otros tiempos eran acalorados y jugosos debates hoy son reemplazados por elementos simbólicos como las sentatas que requieren de explicación para entender la profundidad de esos mensajes silenciosos. Requerimos agitar y agitarnos a partir de la palabra.

Las universidades en sus primeros años, hace casi mil, iniciaron sus actividades con facultades como retórica. Hoy la expresión “retórico” significa charlatán, repetido y vacío. En otros tiempos era signo de sabiduría, compromiso y responsabilidad. Hay que volver a incluir retórica en todas las carreras universitarias; no por una visión política, sino por un interés económico. Una sociedad mundial que privilegia los empleos individuales hace la diferencia entre aquellos capaces de hacer entender lo que saben de los que no. Encontrar empleo en este momento pasa por saber comunicar lo que uno conoce y persuadir de su valor.

Las clases tienen que privilegiar la reflexión de lo que se dice para entender cómo relacionamos lo que sabemos con el servicio que la sociedad anhela de nosotros. Retórica es necesaria, no sólo para los abogados o cientistas sociales; lo es para un médico que se debe hacer entender al paciente su dolencia o si lo que anhela no pasa de compartir su soledad o angustia que lo disfraza de dolencia física o mental.

Vivimos tiempos de malestares que no encuentran manera de ser compartidos. Que curiosa contradicción: en los tiempos de nuevos modelos tecnológicos de comunicación estamos más solos y más angustiados. Un joven suicidado quizás no pudo encontrar alguien con quien compartir su angustia a pesar de tener miles de seguidores en Facebook o ser un activo militante de las redes sociales. Nuestros jóvenes se están matando entre otras muchas cosas porque no saben cómo dialogar con el de al lado, con miembros de su familia... no encuentran sentido de su vida en el otro. La palabra requiere recobrar su fuerza transformadora de amar, poniéndose en el lugar del otro como escucha o como partícipe del dialogo que nutre, cura, previene y da sentido a la vida. Reuniones sociales dominadas por el teléfono, conversaciones a distancia con otros que no están cerca, pérdida de vivir la fiesta de la vida que es la construcción de comunidad… no son más que resultados de un proceso donde la palabra es una referencia distante y lejana.

No pasará quizá mucho tiempo en que las universidades incluyan en sus programas de estudio la especialidad de conversar, de dialoga o de hablar. Algunas ya lo hacen haciendo que la graduación dependa de la capacidad del estudiante de hacer partícipe a los otros de lo que ha aprendido durante su periodo académico. En estos tiempos de la instantaneidad, la fugacidad, de creernos compartidos en las tecnológicas; hace falta más tiempo para estar juntos, para ver las emociones de quienes expresan ideas y conceptos. Nos llenamos de bytes pero hemos perdido la capacidad de construir las cosas comunes en el lenguaje habitual. Nos hemos empobrecido en esta entronización de los modos y las formas de comunicación creyendo que el “medio es el mensaje” como diría McLuhan en esa aldea global a la que describió el mundo en los comienzos de la década del sesenta del siglo pasado. Reivindico la charla, el dialogo, la expresión de las ideas en todas sus formas y maneras porque creo que esas manifestaciones nos nutren y nos proyectan. Si hace falta, es bueno también estar solos; la soledad es buena para reflexionar sobre lo que somos y hacemos. El estar permanentemente ocupado no nos ha dado la posibilidad de sabernos solos y enriquecidos en esos silencios nutrientes. Esos son tiempos de preparación para extender de manera más sabia en palabras lo que sentimos y lo que queremos.

RENOVARNOS EN EL VERBO

El Paraguay necesita renovarse y renovar. Las palabras nos permiten saber lo que somos y ambicionamos. Es también la manera de sabernos ricos en la expresión, aumentando los límites del mundo que vivimos como diría Wittgenstein. Somos ricos por tener dos instrumentos a mano. El guaraní y el español, lo que nos permite facilitar el conocimiento de otras lenguas, pero debemos educarnos en su uso. Cuando uno observa a grupos de aficionados en los estadios de futbol ululando expresiones soeces y limitadas no vemos otra cosa que el profundo malestar de una generación que vive un cambio de era sin lograr entender y menos expresar su rol en ese proceso de cambio. Hay que rescatar la palabra de su estrecho y limitado espacio de expresión, porque los pueblos que pierden la palabra acaban con el fuego vivificador que entusiasma, enriquece y proyecta.

“De la salud del cuerpo habla la lengua” es una expresión común entre los médicos y vale igual para el cuerpo social. Si percibimos los terribles problemas expresivos en realidad lo que nos damos cuenta es de la extraordinaria limitación, concordancia, sintaxis, número y género de una realidad social compleja a la que nos cuesta encontrar la conjugación plural. La lengua es un instrumento que expresa en su realidad lo que somos, pero más especialmente lo que queremos ser.

Los medios de comunicación deben comprender esta realidad. Aquellos que solo expresan el fastidio y el malestar de la sociedad en forma soez e insultante para ganar ratings o popularidad e incluso para proyectar el nombre de sus conductores en la arena política no hacen otra cosa en realidad que proyectar la perturbante realidad que nos abruma y nos limita. Los medios viven de las palabras, aquellos que creen que así es el mundo en el que vivimos y no lo podemos cambiar es probable que estén en el camino de acelerar su propia extinción. Ser agentes que promuevan y enriquezcan el dialogo y el debate permite construir una opinión pública que su expresión participa de manera cotidiana en mejorar la condición del cuerpo social en donde habita. Los intermediarios de la gran conversación pública deben comprender el trascendente rol que tienen y que permita ensanchar un debate que favorezca la diversidad y pluralidad.

Es tiempo de entender, entonces la palabra creadora será siempre necesaria y urgente como lo ha sido en la realidad de pueblos que nacían independientes como Chile con Andrés Bello, que fue una gran figura pública en esos tiempos germinales de la nación trasandina. Nosotros, los paraguayos, hemos tenido en Delfín Chamorro y Ramón I. Cardozo maestros que prestigiaron el desarrollo de nuestro país y de Villarrica en particular. El primer fue maestro del gran poeta paraguayo Manuel Ortiz Guerrero, que cuando falleció su preceptor en las letras escribió:

“El maestro Delfín Chamorro tenía el carácter del agua transparente, la claridad del día y la cordial dación de la surgente.

Con humildad de pan daba sustento a la virtud callada del trabajo, en los hijos sin luz del sufrimiento: los indoctos, los tristes, los de abajo. 

Profesor de firmeza y decoro, aprendió a vigilar de edad temprana y en su boca labró un papel de oro, la melódica abeja castellana.”

 Qué hubiera sido de ese hijo de la pobreza y la marginación sin el gran maestro que tuvo y al que al morir le dedicó tan singular recordación del impacto en su vida.

La palabra que enseña, que muestra, que referencia... no tendría que tener el pretexto del cansancio. Con ella moldeamos al pueblo en donde vivimos. Con ella nutrimos y damos sentido a la vida. No nos deben ganar los pretextos al buen momento del dialogo, a la posibilidad de saber cómo maestros, que tenemos todos los días la gran posibilidad de transformar el país que recibimos. Paraguay es nuestra tarea cotidiana. A él nos debemos. Es pequeño aún, pero sólo espera de nosotros que lo engrandezcamos. Los pueblos referenciados en el mundo son los que han impuesto en sus ideas revolucionarias, literatura en prosa y en versos o en la lírica de sus mejores canciones, el rumbo que permite al mundo mostrar su orientación y destino. Los pueblos callados sólo incuban odios y resentimientos en donde sólo hay espacio para la maldad, la envidia y el oprobio. Necesitamos expresar y expresarnos. Entender lo que somos en esa relación de no temer lo que puedan decir sobre nuestros dichos porque estamos inseguros del impacto que puedan tener. La palabra debe liberar y liberarnos. Hemos vivido por mucho tiempo dominados por los largos silencios y proscripciones que hicieron que el “no te metas” sea un signo de postergación y de posposición al desarrollo. Esta democracia que vivimos –imperfecta como toda obra humana- es por fin una posibilidad para que cada uno de nosotros entienda su lugar de alfarero para moldearla en relación a la dignidad, el decoro y el desarrollo que anhelamos.

Y para eso la palabra es fundamental. Ella es la que permite reconocer el camino para desandarlo primero y es la que nos otorga la dinámica social que hace posible crecer en el otro y con el otro. El ser más, la definición más acercada al desarrollo, solo será posible cuando el verbo liberado permita roturar por fin el suelo ideal para el desarrollo de una personalidad humana segura, con alta autoestima y por sobre todo con el compromiso de sabernos parte de una nación que ha roto para siempre el temor y sus largos silencios. Cuando lo logremos habrá un nuevo país anhelante de expresar sus grandes propósitos para el mundo.

El sujeto de esta oración condicionada en un país determinado es siempre el ciudadano que, haciendo uso de la palabra, la proyecta como un instrumento que agita y entusiasma. Solo él en la palabra se hace parte de ese compromiso común que nos aparta de la condición de ilotas y nos acerca a la idea de civitas. Cuando vemos representada la democracia en un acto ritual repetido cada cierto tiempo, lo que lamentamos es que ella haya perdido contenido en los debates en el congreso o en otro ámbito de la política, donde padecemos por completo de la capacidad de comprender las líneas de acción y de proposición que plantean en su acción los partidos y sus representantes. Hoy, alguien sin ninguna preparación e incapaz de expresar una frase relativamente coherente, puede alcanzar los más altos niveles de representación porque no nos hemos medido en función de las capacidades y conocimientos, sino sobre los niveles crematísticos en este zoco del intercambio de favores y promesas no correspondidas. Requerimos por eso, rescatar el aprendizaje de la retórica y de la oratoria temprana si no queremos terminar agotando esta democracia en meras formas ritualistas repetidas cada cierto tiempo. Este sistema definido como el menos malo de los conocidos requiere debate y para eso las ideas y las palabras son necesarias porque sólo en esa capacidad de entenderlas y proyectarlas habremos alcanzado el nivel de propuesta que anhela una ciudadanía para comprender y darle vida a la democracia. El sujeto de esta compleja pero desafiante democracia requiere entender para participar y requiere que le estimulen sus mejores niveles de compromiso a partir de las ideas hoy tan ausentes y distantes de la política.

 

PALABRAS QUE ELEVAN

El mismo sentido original de la palabra es hoy necesaria en la religión para entender el evangelio y no reducirnos a los ritos. Necesitamos entendernos para evitar ese Babel bíblico donde la misma religión no está exenta de los mercaderes y charlatanes. A falta de un debate serio, hoy los cínicos han terminado por ocupar los espacios donde se libra el futuro de los pueblos que es el ámbito del conocimiento. El rescate del verbo es tan urgente como necesario en el país.

Leemos poco menos de 25 páginas de un libro, tenemos una educación mediocre a la que se le ha sobre diagnosticado al punto que la mayor autoridad estatal en la materia: el Ministerio de Educación y Cultura reconoce que el 93% de sus alumnos “no aprende nada en sus aulas”. En cualquier otro país este hecho hubiera supuesto una gran revolución, un gran cambio y una clarinada a la acción. En el nuestro hasta las víctimas de este experimento están contentos en su mayoría con la educación que reciben sus hijos. La falta de un debate cierto sobre las cosas importantes nos ha llevado a la conclusión de que el país no tiene solución. Somos un caso perdido para muchos y eso debemos revertir.

Requerimos un cambio en los modelos de relación. Este mundo de horizontalidades y de transversalidades nos convoca a una mirada creativa e innovadora. No es suficiente con saber lo que nos duele y nos rezaga, debemos ser capaces de curar y de proyectar ideas originales e innovadoras. Hay que retornar a la calidad y a la excelencia. Hemos universalizado el acceso a la educación, pero estamos lejos de haber universalizado la excelencia. El país no es sostenible en el tiempo con estos bajos niveles de aprendizaje y de enseñanza. Hay que motivar el cambio estos paradigmas singulares con un compromiso que revaloriza el verbo, la idea y la acción. A falta de propuestas creativas, los mismos reformadores hoy están asustados de sus fracasos y lo destacan de manera reiterada como si ninguno de ellos hubiera tenido algo de responsabilidad. Estamos jugando con el capital más importante de un país: su educación.

La palabra de la comprensión, de la responsabilidad, de la reunión, de la singularidad, del arte, del consuelo y del entusiasmo es una tarea colectiva y los centros académicos como esta querida Universidad están convocados todos para revertir estos pésimos estándares que nos rezagan y empobrecen. Escuchen ustedes nuestros debates, presten oído a lo que se habla, destaquen sus preferencias en sus referentes sociales y podrán entender el limitado mundo que nos toca vivir a todos. La percepción a veces de estar solos y de no sentir el apoyo de la sociedad a las ideas de cambio constituyen una relación perversa que debe ser revertida.

Si los que hacen educación, promueven la lectura, incentivan los niveles de calidad con intercambios de alumnos y profesores no se sienten acompañados, no lamenten posteriormente que se cansen y abandonen el compromiso con la excelencia inicial que tuvieron. Es terrible la soledad del emprendedor en este país. Es lamentable que la gente tolere al que tiene éxito sólo si se está seguro que tiene una enfermedad incurable. Tenemos que apoyar a los que desean cambiar esta ecuación del fracaso colectivo que cargamos desde el fin del holocausto de la Guerra Grande en 1870. Cuántas palabras afectuosas y de compañía necesitan los pioneros y los emprendedores. Qué tristeza tan grande tiene aquel que hace cosas en la más ruidosa de las soledades cuando esos gestos y esas palabras son tan necesarios como urgentes.

La palabra que cicatriza, que cura, que comprende es tan necesaria en campos como la medicina, donde estudios científicos demuestran que casi el 80% de los pacientes que concurren a los consultorios son hipocondríacos y que los galenos no logran entender la necesidad de la palabra que acaban dándoles un placebo cuando lo querían era solo atención y palabras.

 UNA SOCIEDAD DE SABERES

Una enfermedad moderna es la ausencia de afecto y de tiempo para compartir. Hoy somos una sociedad con mayoría de jóvenes, pero en poco tiempo más viviremos el invierno demográfico donde este país requerirá, todavía de manera más evidente, la compañía de la palabra que siente y se hace parte del otro.

La juventud debe entender la extraordinaria sabiduría de padres y abuelos. Hoy, muchas veces sin capacidad de resiliencia sucumben a la primera de las crisis en el ámbito de las parejas, de lo profesional y de lo personal. Necesitamos escuchar más la voz de quienes vienen de experiencias ricas y complejas que les han permitido sortear pruebas que hoy las consideramos imposibles. El creer que lo sabemos todo y que los viejos no tienen nada que explicarnos ni enseñarnos lleva al peor de los orgullos: el de la ignorancia perpetua.

La palabra es la gran necesidad de estos tiempos acortados y apocados. Es la fuerza que permite distinguir con claridad el origen de las sombras proyectadas en las cavernas de Platón, extraordinaria metáfora de los primeros tiempos y de los actuales. Por eso son clásicos siempre actuales y hacia ellos también debemos volver en estos tiempos de tiranía de la pantalla de un teléfono que nos vende la ilusión de estar siempre acompañados, aunque de verdad siempre estemos solos. Los gestos, las miradas, las reacciones a nuestras palabras son las formas en que nos nutrimos y cultivamos en los otros lo que anhelamos. Que esto sea parte del acervo común de este mundo fugaz que parece no tener tiempo para el disfrute del éxito y la reflexión del fracaso.

El neo lenguaje que nos impone la tecnología como forma de comunicación es limitado y avaro y, empequeñece la posibilidad de proyectar una visión más entusiasta del mundo. Nos interesa más inferir conclusiones creando mitos modernos donde a más información disponible, menos capacidad de actuar tenemos. Nos convocamos por un tiempo en plazas públicas donde se sueña perfeccionar la democracia, pero inmediatamente nos damos cuenta que entre el entusiasmo tecnológico y la realidad que vivimos, estamos a la misma distancia del que escribe un mensaje y lo coloca en una botella esperando que alguien alguna vez en algún lado sepa cómo ayudar al naufrago moderno aislado y distante. Si Platón estuviera con nosotros se preguntaría como hacer un mundo global con 140 caracteres colocados en un twitter ansioso que pide socorro para que alguien lo conteste. No importa si para bien o para mal… simplemente que conteste.

El rescate de la palabra tiene que ser, por lo tanto, una tarea de todos y en cualquier espacio donde el sello diferenciador de los seres humanos lo proyecte de manera más amplia y común. Somos como hablamos, de qué hablamos y con quienes hablamos. El verbo define al sujeto y lo hace oración colectiva.

Cuando hagamos una mirada de este cambio de era, entenderemos cómo el Lutero incomprendido, con el apoyo de la imprenta, inició sin quererlo la edad moderna y acabó con los intermediarios liberando la palabra sagrada con la difusión de la Biblia, o comprenderemos el avance tecnológico de la revolución industrial que posibilitó que leyéramos periódicos de manera más barata y fácil, o con la máquina a vapor que inauguró el sistema del que abrevó la educación que conocemos. Este tercer momento del que somos contemporáneos por primera vez los paraguayos nos ha llenado de dudas y de compromisos. De lo primero porque creemos que el instrumento marca el destino cuando es sólo un medio y de compromisos porque nos interpela a mirar opciones y alternativas en todos los campos del saber humano desde una percepción absolutamente distinta.

El Paraguay pastoril en el que vive la felicidad de muchos y que magníficamente Octavio Paz lo referencia en “El laberinto de la soledad” cuando dice que cada vez que el hombre fue infeliz retornó a la imagen del paleolítico porque solo en ese momento la memoria humana pudo haber reflejado ese estado de ánimo que vive de la simpleza, de los tiempos lentos y de los largos diálogos.

Necesitamos entender la importancia del verbo, hacer uso del mismo para rescatar lo mejor de nosotros. Nuestra memoria colectiva tiene que ver con esos episodios y momentos en los que la palabra nos unió y proyectó. Dejar de embelesarnos por la pantalla y vivir nuestra propia imagen en función de las palabras que decimos. Hay que volver a las raíces, a las fuentes, a sus orígenes, salir de las cavernas y abandonar las sombras en donde creemos vive la modernidad y las certezas cuando ella sólo tiene sentido en el diálogo que nutre, que entusiasma, que polemiza y que por sobre todo aumenta los espacios de crecimiento y de relación.

Hoy como en el principio era el verbo y en este país de los largos silencios debemos hacer de él el instrumento que inspire la democracia, restañe las heridas sociales, enriquezca la familia y repare nuestras heridas para evitar que los líderes sean solo aquellos dominados por el odio y el resentimiento con que las sociedades silenciosas terminan por postergar a muchos.

Sacar lo mejor de nosotros. Vivir la fiesta de la vida. Expresar lo que somos y lo que queremos. Desterrar el rumor y dejar de regodearnos en el fracaso del otro pueden ser claramente las consecuencias de una sociedad que viva en la palabra, la expresión más amplia de sus capacidades y potencialidades.

RESCATAR LA PATRIA POR LA PALABRA

Recuperar el verbo proscripto en el temor político o en la degradación social nos permitirá en corto tiempo acabar con las sombras del fracaso al que se une muchas veces el destino de este país tan rico en potencialidades, pero tan inconsciente de sus capacidades.

Reivindicar la palabra es por tanto una causa nacional y particular. Cuando lo hagamos realidad la autoestima crecerá, las capacidades serán conocidas, la comunidad hablará el mismo idioma y afortunadamente habremos entendido que las sombras del miedo proyectadas en las paredes de las cuevas de Platón no eran más que aquellas que no habíamos podido exorcizar del miedo y la persecución.

La palabra que cura, que consuela, que apoya, que nutre, que estimula... ella es la que requerimos para darnos el ánimo de ser parte de un país al que no le duele la verdad porque busca hacerla realidad y que no tolera a los cínicos y los mentirosos porque los puede identificar con tanta claridad que muchos de ellos temerán sacar la cabeza porque una sociedad educada y sensible los castigará por su audacia indecente y corrupta.

Estos son tiempos de compromiso y de urgencias. La palabra nos convoca y nos hace común en el otro. Si queremos mantener la cohesión social y sobrevivir a este cambio de era, es urgente rescatarla de su proscripción y exilio. Que viva entre nosotros, que se enriquezca en el otro. Que logre hacer realidad el sentido del amor, que no es otro que el del servicio que permite humanizar todo lo que hacemos en su nombre.

Debemos volver a la palabra fecunda porque es esa la matriz que prohíja ilusiones, sueños y compromisos. De ahí salen los países y allí volvemos siempre cuando el verbo se hace carne y habita entre nosotros.-

 

Benjamín Fernández Bogado

Discurso de investidura del Doctorado Honoris Causa

Universidad Autónoma de Encarnación.

10 de septiembre de 2015