Discurso de Luis Szarán - Nuevo Doctor Honoris Causa de la UNAE

Luego de la caída del gobierno de Alfredo Stroessner, en 1989, a raíz de un golpe militar, su sucesor el General Andrés Rodríguez, quiso dar un nuevo rostro a su gestión de gobierno. Impartió instrucciones a fin de establecer, la tolerancia política, la democracia, el respeto a los derechos humanos y fundamentalmente de que pudieran regresar al Paraguay, sin inconvenientes y con las mayores facilidades todos los exiliados políticos, que por décadas poblaban las naciones vecinas. Los encargados de los controles de frontera recibieron la orden de atender de la mejor manera a todos los que quisieran regresar.

Una mañana, el celebrado poeta paraguayo Elvio Romero, exiliado por más de 30 años, autor de tantos libros, entre ellos mi favorito “Los Innombrables”, decidió ingresar al país por la frontera con Posadas, Argentina. Llega un tanto inseguro y temeroso, con cierta desconfianza hacia el nuevo gobierno, que estaba encabezado por un militar y propio consuegro del que salió. Se acerca al oficial de policía, quién le interroga: Nombre: Elvio Romero Número de Documento: 425.680 Profesión: Poeta…el joven policía le mira fijamente y pregunta de nuevo: Profesión: Poeta…luego sonriendo le dice a Romero…amoita ndeve “Comerciante”

Sesenta y cinco años atrás, el más célebre músico en la historia del Paraguay y el más importante creador universal para la guitarra clásica del Siglo XX, Agustín Barrios Mangoré, había propuesto al gobierno de turno crear un Conservatorio Nacional, con el deseo de radicarse en el país y fundar una escuela guitarrística. Se le dio la espalda y como si fuera poco tuvo que dar un concierto en una plaza, porque las autoridades de la élite cultural le negaron el uso del Teatro Nacional. Luego de este incidente el gran creador y concertista, abandonó el país y nunca más regresó. Como despedida leyó su famoso poema:

Bohemio

“Cuán raudo es mi girar! Yo soy veleta que moviéndose a impulsos del destino, va danzando su loco torbellino hacia los cuatro vientos del planeta.
Llevo en mí el plasma de una vida inquieta, y en mi vagar incierto, peregrino, el arte va alumbrando mi camino cual si fuera un fantástico cometa.
Yo soy hermano en glorias y dolores de aquellos medioevales trovadores que sufrieron románticas locuras…
Como ellos también, cuando haya muerto, Dios sabe en que lejano puerto iré a encontrar mi tosca sepultura”
Dicen algunos que al abordar el barco, con amargura, sacudió su zapato para no llevar una grano de arena de su tierra que lo despreciaba…

Ciento diez años antes de este suceso, el ciudadano Antonio de los Santos, escribía un petitorio al Supremo Dictador José Gaspar Rodríguez de Francia “con el debido respeto digo; que habiéndome presentado ante la Superioridad de VE, en el mes pasado, suplicando se dignase a concederme permiso para poder buscar los medios de mi existencia individual, cual es una Escuela de Danza, en la cual no pueda seguirse motivo de escándalo, y menos perturbar el orden cual de quietud y sosiego, y si para que esta sirva de distracción a los jóvenes, siendo una diversión sencilla y honesta, concurro esta segunda vez implorando su protección y esperando se digne concederse esta gracia” El 2 de Julio de 1816 el Dr. Francia, sentenciaba: “No se da lugar a la licencia solicitada”.

Estos tres relatos, que forman parte del anecdotario de la historia cultural de nuestro país, constituyen fuentes reveladoras, en lo que se refiere al concepto general de lo que considera el ciudadano común y a veces hasta para los que se encuentran en los más altos mandos de la nación, acerca del valor que representa la actividad intelectual y cultural. Para el oficial de frontera, era más digno ser comerciante que poeta, y en su mediocre horizonte trató de dignificar la profesión de nuestro más alto literato. El siguiente caso guarda relación con otro aspecto no menos frecuente y que tiene que ver con la intolerancia política y el natural instinto de restar méritos al que brilla con luz propia. Situaciones que han hecho del Paraguay uno de los países que ha cometido el tremendo error de propulsar, a lo largo de su historia, la mayor migración de intelectuales, beneficiando con mentes paraguayas brillantes a otras naciones.

En los años 1922 y 23, el Paraguay había atravesado por una de las tantas revoluciones de su historia: la de los “saco pukú contra los saco mbyky”. La tendencia política de Mangoré se inclinaba hacia el partido colorado y el partido de gobierno a cargo de los liberales había denegado el proyecto de creación del Conservatorio de Música, que el propio Barrios lo llevaría con éxito años más tarde pero en la República de El Salvador, donde hasta hoy se lo venera como un héroe nacional de la cultura. Al mismo tiempo, se le niega el Teatro, por celos artísticos.

De alguna manera los genios molestan. La claridad de sus pensamientos resultan incómodos y generan hostilidad y rechazo. Eternos contrasentidos de la especie humana.

En tercer plano, apuntamos la marcada indiferencia de las entidades públicas hacia la generación de espacios para el desarrollo del conocimiento y la cultura, que hemos visto a lo largo de nuestra corta vida republicana, superponiendo el interés en la fuerza bruta por encima del pensamiento racional.

El arte es rebeldía intelectual, en el más sano sentido de la palabra y siempre, en la historia de la humanidad sus signos profundos han anticipado en décadas a los grandes acontecimientos mundiales. La sabiduría ancestral, de gran valor, no puede ser la única referencia en nuestras vidas, esta sabiduría solo debe sostenerse como punto de partida de nuevas fuentes ante las leyes de las nuevas mutaciones sociales. Los individuos domesticados emplean su vida venerando ídolos y apuntalando ruinas; los rebeldes, encienden todo el tiempo, nuevas luces a los caminos que recorrerá la humanidad.

El otro aspecto, representa a la afanosa búsqueda de perfección del artista, entendida como la realización de formas de equilibrio, en función al tiempo y el espacio. Los misterios que rodean al mágico acto de la creación van de la mano de esa adecuación armónica del todo a la perfección de las partes. Los planetas se mueven en relación al universo, la tierra en relación al sol que lo guía, los seres humanos en relación al planeta que habitamos y el hombre individual, en relación a la sociedad que constituye su mundo moral. Así, la obra del genio, los actos de heroísmo, los gestos virtuosos, los hábitos éticos, se elevan como ese flujo de perfección, sobre las ideas, las costumbres y los sentimientos.

A esta altura, de mis breves reflexiones, quiero destacar el gran acto de “rebeldía” del Consejo Superior Universitario y el Rectorado de la Universidad Autónoma de Encarnación en dar paso a este solemne acto y pensar en personas que entregan su vida para la reconstrucción de los valores sociales y la humanización de los seres humanos en estos complejos tiempos de desigualdades. Agradezco a todos y en especial a su brillante rectora Nadia Czeraniuk de Schaefer.

Quiero manifestarles, igualmente, la más profunda gratitud por otorgarme esta enorme distinción, quizás la más valiosa de las tantas que he recibido a lo largo mi carrera artística, porque viene del ámbito de la inteligencia, del conocimiento y de la educación superior y sobre todo de mi querido suelo natal. Distinguidos amigos, quiero decirles con emoción, de que este Doctorado Honoris Causa, no servirá para alimentar mi vanidad personal, así como jamás me han hecho salir de mis principios y valores en la vida, los vapores del éxito y la fama, sino que se convertirá en una nueva fuente de inspiración para seguir buscando la perfección. Aquella que implica vivir en un plano superior al de la realidad inmediata, aquella que nos hace renunciar a la comodidad y los beneficios del presente. Aquella que es eternamente joven, que busca nuevas fórmulas y rectifica permanentemente su marcha para seguir adelante, en contra del pensamiento del fracasado que, incapaz de vencer un obstáculo, se entrega y retrocede. Todos los males resultan inofensivos frente al bien supremo de sentirse digno de sí mismo.

Elegí el arte de la música como centro principal de mi existencia y dediqué a ella toda mi vida, como un elemento, no solo de placer, satisfacción personal y desarrollo cultural, sino, con una visión más profunda, aplicándola en el sentido de la transformación social que ella produce. Invitando a soñar a las masas para lograr su liberación de todas las pobrezas: de la pobreza intelectual, a través de la disciplina y el placer de aprender más cada día de las obras maestras, de la pobreza económica creando conciencia de que solo la capacitación lleva al progreso, de la pobreza social uniendo a las personas a través de redes humanas e intercambios culturales y de la pobreza estética, posibilitando el ingreso de los jóvenes al fabuloso mundo del arte superior.

Quisiera concluir, y en especial, como mensaje a los jóvenes universitarios de esta prestigiosa institución, con la conocida metáfora de la condición humana “El Aguila y la Gallina” que fue inspiración en 1925 de los habitantes de Gana, en el Africa Occidental, para iniciar un poderoso movimiento que los liberó de la esclavitud en que vivieron durante siglos. Esta metáfora fue y sigue siendo la fuente motivadora de mis acciones en la vida.

Era una vez un campesino que fue al bosque cercano a atrapar algún pájaro con el fin de tenerlo cautivo en su casa. Consiguió atrapar un aguilucho. Lo colocó en el gallinero junto a las gallinas y creció con ellas.
Después de cinco años, ese hombre recibió en su casa la visita de un naturalista. Al pasar por el jardín, dice el naturalista: “Ese pájaro que está ahí, no es una gallina. Es un águila.”
De hecho”, dijo el hombre. “Es un águila. Pero yo la crié como gallina. Ya no es un águila. Es una gallina como las otras.
“No, respondió el naturalista”. Ella es y será siempre un águila. Pues tiene el corazón de un águila. Este corazón la hará un día volar a las alturas”.
“No, insistió el campesino. Ya se volvió gallina y jamás volará como águila”.
Entonces, decidieron, hacer una prueba. El naturalista tomó al águila, la elevó muy alto y, desafiándola, dijo: “Ya que de hecho eres un águila, ya que tú perteneces al cielo y no a la tierra, entonces, abre tus alas y vuela!”
El águila se quedó, fija sobre el brazo extendido del naturalista. Miraba distraídamente a su alrededor. Vio a las gallinas allá abajo, comiendo granos. Y saltó junto a ellas.
El campesino comentó. “Ya le dije, ella se transformo en una simple gallina”.
“No”, insistió de nuevo el naturalista, “Es un águila”. Y un águila, siempre será un águila. Vamos a experimentar nuevamente mañana.
Al día siguiente, el naturalista subió con el águila al techo de la casa. Le susurró: “Águila, ya que tú eres un águila, abre tus alas y vuela!”.
Pero cuando el águila vio allá abajo a las gallinas picoteando el suelo, saltó y fue a parar junto a ellas.
El campesino sonrió y volvió a la carga: “Ya le había dicho, se volvió gallina”.
“No”, respondió firmemente el naturalista. “Es águila y poseerá siempre un corazón de águila. Vamos a experimentar por última vez. Mañana la haré volar”.
Al día siguiente, el naturalista y el campesino se levantaron muy temprano. Tomaron el águila, la llevaron hasta lo alto de una montaña. El sol estaba saliendo y doraba los picos de las montañas.
El naturalista levantó el águila hacia lo alto y le ordenó: “Águila, ya que tú eres un águila, ya que tu perteneces al cielo y no a la tierra, abre tus alas y vuela”.
El águila miró alrededor. Temblaba, como si experimentara su nueva vida, pero no voló. Entonces, el naturalista la agarró firmemente en dirección al sol, de suerte que sus ojos se pudiesen llenar de claridad y conseguir las dimensiones del vasto horizonte.
Fue cuando abrió sus potentes alas. Se erguió soberana sobre sí misma. Y comenzó a volar a volar hacia lo alto y a volar cada vez más a las alturas. Voló. Y nunca más volvió.
Todos nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Pero hubo personas que nos hicieron pensar como gallinas. Y aun pensamos que efectivamente somos gallinas. Pero somos águilas.
Por eso, queridos amigos, especialmente los jóvenes, abran sus alas y vuelen. Vuelen como las águilas. Jamás se contenten con los granos que les arrojen a los pies para picotearlos.